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Paso a la leyenda: Juanito Castro
06/23/2020

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Para Barbarita, hijos y familia toda

Esta es la crónica que nunca quise hacer. No solo por la grandeza de este hombre, más bien por la amistad que nos unió. Según la canción: “la vida tiene sus cosas, tiene espinas y tiene rosas”. He ahí una conjunción en la vida del amigo, quien supo cultivar las rosas de la amistad y el decoro, hasta sucumbir por las espinas de la parca.

A pesar de tantos sufrimientos, teníamos, allá en la nostalgia y la distancia, una esperanza. Juanito no podía ni merecía morir así, carcomido por la letal enfermedad. Su noble corazón cedió ante los impulsos del demonio y nos dejó a todos desamparados. Llenos de él, amigo de los amigos.

La familia Castro García, fundada por Rosaura y Arturo, en las afueras de La Habana, se constituyó con aires beisboleros. Cuatro varones y una hembra lograron mantenerse en forma de sorteo para la existencia. Cuando se unieron, no podían saber que los tres retoños crecerían alrededor de un terreno de pelota y que ella, con el tiempo, haría malabares para criar a sus muchachos.

Luis, Genaro y Juanito, por ese orden, tuvieron que trabajar desde niños para sustentar a la familia y apoyar a la madre en duras faenas. La ausencia temprana del líder de la casa, coadyuvó hacia nuevas y difíciles alamedas.

Arturo abrazó el béisbol desde niño y lanzó durante varios años en la pelota popular, hasta que un buen día quiso incorporarse a la Organización del Washington Senators y salió en una lancha junto a Edmundo Amorós, Roberto Ortiz y otros, que lograrían establecerse allí. Él no correría la misma suerte. Lanzó en las Ligas Independientes de aquel país, hasta un buen día, cuando se le quebrantó la salud.

Tres varones a criar en deleznables condiciones, no quebraron la voluntad maternal de llevar a buen cauce aquella prole. Nuestro hombre solo tenía tres años, cuando obligados por las circunstancias, se mudaron a Arroyo Naranjo, donde los abuelos. Rosaura trabajó fuerte por unos centavos, mas no vio los frutos y decidió irse para San Cristóbal, entonces provincia de Pinar del Río, donde mejoraron un poco, pues Luis, el mayor, joven aún comenzó a trabajar. Genaro y Juanito eran dos vejigos.

Por las raíces beisboleras del padre, los tres se inclinaron hacia ese deporte, hasta llegar a desempeñarse en las Series Nacionales. Luis jugó en varios torneos, lucía enorme en primera o los jardines. Genaro tiraba duro y se dedicó a lanzar. El menor de ellos resultaría un extra clase detrás de home.

Muchos años después, derivado de nuestra amistad, me confesó algunas inquietudes: “Yo empecé la escuela por La Habana, cuando muere mi padre, fue una etapa muy difícil, hasta perdí el colegio. Era una época muy jodida, con una tremenda confusión familiar, aquello era el diablo y yo no iba a la escuela. En San Cristóbal comienzo a ir regularmente a clases…”

La plaza deportiva de aquella zona era más de fútbol. Fueron sus primeros pasos en ese deporte, hasta que un día, de portero, recibió un fuerte pelotazo. Después siguió los juegos de pelota y se sintió atraído. A partir de allí su vida cambiaría.

Joven aún, se enamoró y tuvo su primer matrimonio. No duraría mucho, pero dejó la bonita huella de una niña. Años después, conoció a la mujer de su vida, Barbarita, a quien cariñosamente llamamos Baby. Ella, también divorciada y con un hijo, encontró su amor para muchos años. De ellos brotaron otros dos. Arturo, el primero, fue receptor en Series Nacionales. Lo mismo haría Lázaro Arturo, el sobrino.

Juan hizo de la receptoría un sacerdocio, se entregó en cuerpo y alma a esa posición, a pesar de iniciarse como lanzador, y logró incluir sistemas que él solo pudo hacer, recibiendo a los pitchers. En el Servicio Militar, junto a Casanova, Girardo Iglesias, Diego Mena y otros, jugaron en varios campeonatos. A él quisieron incorporarlo al equipo Jesús del Monte, en La Habana.

La provincia vueltabajera no podía perder tantos talentos y exigió que regresaran para jugar en las Nacionales. De esa forma, Juanito comenzó con Vegueros, en 1973-74, a las órdenes de Francisco Martínez de Osaba (Catibo). Era razonable, pues estaría a la vera del veterano Arturo Díaz. Allí comenzó a realizarse.

Poco a poco, se enfrentó a un sólido cuerpo de lanzadores: Jesús Guerra, Julio Romero, Rogelio García, Emilio Salgado, Mario Negrete y compañía. Pronto el muchacho tuvo problemas con las manos, que duraron hasta el fin de sus días. Comenzó a los diecisiete años y se retiró a los treinta y cuatro.

El recordado periodista Enrique Capetillo, publicó en Bohemia su Todos Estrellas de las Series Nacionales y lo seleccionó detrás de home, afirmando que parecía un inicialista. Su técnica era de acuerdo al pitcher. Si lanzaba lateral, defendía la bola de una forma, diferente a cuando tiraban por encima del brazo. Ahí tenemos el caso de Julio Romero y Jesús Bosmenier. No era lo mismo recibirle a uno que al otro. La de Bosmenier tendía a abrirse.

“Un día se lo demostré a Juan Ealo. Esperé a que lanzaran Gaspar Legón y Lázaro Santana. Tuvimos nuestros problemas, no nos poníamos de acuerdo. Él insistía que debía bloquear la bola y yo que no, porque tenía confianza en mí. Nunca imité a nadie, mis habilidades eran mías. Hasta llegué a tener mi propia forma de entrenar, lo que me trajo no pocos defectos, pero triunfé”

Ya en plenas capacidades, defendió a Cuba en varios países, desde México, Estados Unidos, o Italia… Siempre tuvo a los scouts encima, incluido Julio Blanco Herrera, quien fuera dueño de la Tropical, antes de 1959. Tanto lo acosó, que respondió: "No comas mierda Julito, yo para allá no me voy..."

Le gustaba jugar en Japón. Decía que eran muy respetuosos, que saludaban por las calles y, ganaran o perdieran, aplaudían de buena cara. Sus estadios son modelos arquitectónicos.

Por casi diez años, la ciudad de Módena, en Italia, lo recibió como si allí hubiera nacido. Todo por las formas respetuosas y camaraderiles, que supo llevar a aquellas tierras, donde se dedicó por completo al equipo. Como manager ganó un título nacional y una Copa Europea. Con maestría psicopedagógica, llevó ese team de Clase C, al primer nivel. Hasta llegaron a discutir play off.

Prodigó un amor infinito a la familia:

“Significa todo. De no haber tenido familia, no sé. Me han llegado a proponer, sobre todo en Italia, donde llegué a vivir con mi esposa un tiempo, villas y castillas para que trabaje definitivamente allá como entrenador. He renunciado a todo eso, porque para mí, primero que todo, está la familia. Soy muy familiar”.

En los eventos internacionales, lo pedían los pitchers. El buen receptor tiene que ser defensivo. Al principio era mejor bateador, llegó a dar hasta trece jonrones. Sin embargo, no hacía el equipo porque tenía dificultades a la defensa. Después trabajó más en ese sentido, hasta que alcanzó la perfección. Defendía, llevaba el juego, dirigía al picheo.

Hombre afectuoso, decente y atento. Fue comunicativo, saludaba a todos y ayudaba al necesitado, siempre de buena gana. En una ocasión le pregunté por la fama:

Sí, la fama me gusta. Algunos no interpretan bien lo que es eso. La fama es bonita, todos te conocen, te admiran. Cuando pasas por un lugar dicen: "mira, allá va fulano". Una cosa es tener fama y otra confundirla con prepotencia. En mi caso, soy un hombre de pueblo. Pero eso de beneficiado, no. Realizado sí, como atleta y como entrenador.

No tomaba un trago antes del juego, lo creía inaceptable. Supo cuidarse, para evitar una imagen desagradable. Le gustaba la cerveza. Mi hermano y yo lo sabemos. Lo hacía en el lugar y cuando se podía, nunca en público.

Para jugar, se cuidaba como un gallo fino. Prefería dormir la mañana. Nunca llegó por la madrugada al albergue. La dura posición necesita cuidado. A veces discutía con los managers por los entrenamientos en las mañanas, sin tiempo para recuperarse. No era fácil recibirle a aquellos “monstruos” del picheo. Hasta el último suspiro sintió el dolor en las manos, de varias operaciones. Entre todos, Mario Negrete era el más difícil para recibirle.

Algunos dicen que bateaba poco. Llegó a estar entre los mejores impulsadores de la provincia y decidió varios juegos. En el exterior era uno de los que más bateaba. Claro, no es fácil ejercer una buena ofensiva, cuando un receptor se entrega con todas sus fuerzas. Sobre todo, cuando se entra en los treinta años, el desgaste en esa posición es violento. Las rodillas duelen cada vez más. En aquellos tiempos, las condiciones de vida no eran las mejores. Antes se jugaba doble juegos los domingos.

El amigo Juan disfrutó de la vida a su manera, siempre con la familia por delante. Gustaba ver las buenas películas, sobre todo las policíacas y de gánsteres. Leía novelas de diferentes tipos. Y descansar en el sillón en chancleta y short.

Ponderó las virtudes de su seguidor: Ariel Pestano. Se convirtió en un ídolo para el santaclareño, quien observó sus pasos y alcanzó un altísimo nivel. Quizás los dos mejores receptores de la pelota cubana.

Como se ha hecho costumbre, le pedí un equipo de Estrellas Vueltabajeras y sin pensarlo dos veces: En primera José Cano, y por ese orden: Alfonso (2b), Giraldo González (ss), Omar Linares (3b), Fernando Hernández (ji) en el left, Luis Crespo (jc), Casanova en el derecho y Giraldo Iglesias, bateador designado. Mejor pitcher derecho: Rogelio García. Zurdo: Félix Pino. También Ajete estuvo ahí.

No optó por Fidel Linares en el jardín central, porque no lo vio jugar. Enseguida recordó a Emilio Salgado: “Jugué con él sus dos últimos años. Un señor pitcher. Ya estaba viejo y la bola no le traía tanto, pero conservaba un knucle ball del carajo, era un papalote…”

A la hora del retiro, entrenó y dirigió equipos dentro y fuera de la Isla. Para enseñar prefería hacerlo detrás de home, con los catchers. El buen director siempre está enseñando. “Para decirte la verdad, me gusta dirigir, porque me entretengo más”.

Conocíamos de su dolencia y conversamos varias veces. En la Feria del libro 2019, en el Pabellón Cuba, presentamos la segunda edición de El Niño Linares. Cuando lo vi llegar tuve un aliento por el amigo. Nos abrazamos. Se sentó junto a mí y Omar. Hizo varias declaraciones. Se sintió cansado. Fue la última vez que lo vi. Al irse solo me dijo: “Juany, ¿cuándo vas a hacer el libro mío?” Pronto Juanito, pronto.

No tuvimos otro encuentro. Jamás olvidaré a ese hombre-béisbol, quien lleva y llevará por siempre, el nombre de Juan Castro García.

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga.

14 de junio de 2020.



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(c) delunasaenz.com


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