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11/05/2019
Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga
Unos días después, en Ciego de Ávila, una trigueña como las nubes cargadas, estuvo al borde de caer en mis redes, pero me exigió ir a su casa por la noche, cuando teníamos juego en el entonces semi construido José Ramón Cepero; no me perdió ni pie ni pisada.
Mi deber estaba en el estadio, mis deseos con ella. Difícil prueba pidió aquella que hoy debe ser abuela como yo. Pudo más el deber, me fui al estadio, de allí regresábamos a Pinar del Río. Viendo volar un batazo de don Miguel Cuevas, dudé mi decisión, pero no tenía remedio. Fue una hermosísima ave de paso en un nido de corazón beisbolero. Balance final: no bebí, no fumé, no mentí, ni tuve sexo. Fui de los buenos, disciplinado, pero tampoco jugué. Vi los toros, como siempre, desde la barrera.
A veces se encuentran dos novias en las gradas que gritan:
--Batea mi amor, dale duro.
Lo hacen a viva voz, para que las vean y oigan. El bateador quiere que la tierra se lo trague, no se concentra pensando en un escándalo mayús­culo y el pitcher lo “tira para la tonga” en cues­tión de segundos. Y no encuentra una explicación al manager:
--Está encendido, no hay quien le dé a esa bola a más de cien millas.
Mentira, es un curveador a menos de ochenta. El caso es que usted no tuvo oídos ni vista más que para las dos amantes que quisiera a mil kilómetros de distancia. La mayoría ha pasado por eso.
Los hay serios, entregados en cuerpo y alma a la bola. Otros esperan el final del juego para irse con ellas y dedicarles las energías que ahorró en el partido. Si se entrega mucho pierde fuerzas y no es fácil entrarle así a una mulatona riquísima.
Ante el dilema de tomarlas o dejarlas, las toma, ¡qué caray!, para eso se inventaron los cuentos, los inventos, las fábulas y todas esas cosas que salvan honras o hunden futuros.
Por eso hay que ver la mentira en la pelota como algo natural, que escapa a la personalidad del interesado. Quizás prefiera darlo todo en el terreno y nada en la cama, o viceversa. En plena juventud la recuperación es rápida, se puede resarcir el desgas­te en un par de horas.
En la XI Serie vi a uno de los mejores lanzadores de Cuba enredado con varias mujeres en el bullpen del San Luis, le hacían cola. Fue bonito, famoso y mujeriego. Oriundo de una provincia occidental, aquel muchachón, que esa noche no pensaba lanzar si no hacía falta, despachó más de tres, una detrás de otra, ante nuestros asombrados y envidiosos ojos.
Nada dijimos para no perjudicarlo. Se mezcló la envidia con la desidia, lo veíamos mal en pleno juego, pero nos hubiera gustado enredarnos así. Me reservo el nombre para evitar problemas, en un alarde de franca solidaridad beisbolera. Pero puede preguntarle a Jesús Escudero o a Ladislao Labastida.
En su orgía le iba de maravilla, hasta que nos fuimos arriba en el marcador y lo llamaron a relevar. No lo pensó dos veces, le dijo al confabulado entrenador que estaba indispuesto, vomi­tando, con dolores de cabeza y el manager llamó a otro relevista. Ventajas del bullpen detrás del center field; por eso ya casi no existen.
¡Y que corra la bola con tales dispensas!
Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga.
Octubre de 2019.
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(c) delunasaenz.com


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