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El drama de Keith Hernández  (Primavera de 1987) 
06/20/2020
Por Gaspar Garza
Es una noche húmeda en el estadio Shea de Nueva York, casa de los Mets. Cincuenta mil personas estallan en aplausos cuando el sonido local anuncia en su turno al bat a Keith Hernández. 
 El valioso primera base neoyorquino acaba de llegar de Pittsburgh después de dar testimonio sobe su implicación en el consumo de drogas. El ruido de los fanáticos se vuelve ensordecedor cuando el bateador conecta una línea inatrapable al jardín izquierdo para producir una carrera. Ancla en primera base y respira hondo mientras el estadio ruge. Muchos no lo quieren creer….el discutido pelotero californiano aceptó haber usado cocaína de 1980 a 1983 cuando jugó para los Cardenales de San Luis.  
DE SANGRE ESPAÑOLA  
Los abuelos de nuestro personaje emigraron de España a América en 1907, estableciéndose en San Francisco, California . John Hernández, el padre de Keith fue un fenómeno jugando al beisbol, un bateador fuera de serie, al que se le esfumó la oportunidad de llegar a las Grandes Ligas, cuando jugando para una sucursal del Dodgers de Brooklyn, un pelotazo le afectó para siempre la vista. Trabajó eventualmente en el departamento de bomberos de San Francisco, para después mudarse a la población de Pacífica, Cal. donde creció la familia. El anhelo frustrado de John de ser pelotero famoso en Grandes Ligas provocaría que se convirtiera en una obsesión el que alguno de sus hijos fuera un jugador triunfador en toda la extensión de la palabra. Y así, Gary, el mayor y su pequeño hermano Keith se vieron pronto forzados a aprender los secretos del rey de los deportes. “La pasión de papá en enseñarnos beisbol….jugar, jugar, jugar, aún recuerdo que en el garaje amarró del techo una cuerda con una pelota de tela, para practicar bateo”, dice Keith. De la práctica pasaban a la teoría, donde John Hernández les aplicaba cuestionarios de situaciones de un juego de beisbol, y luego Jackie, la abnegada madre del matrimonio Hernández, filmaba películas de los juegos, para repasar visualmente los aciertos y los errores. Esa fue la formación “escolar” de Keith en su infancia, donde recibía más regaños que elogios, y es que su padre vió en él la materia prima necesaria para moldear a un super astro del diamante.  
 
UN ACOMPLEJADO SUPER ATLETA 
 Keith siempre tuvo ése pequeño complejo de inferioridad, según su hermano Gary. Era el que recibía más llamadas de atención y su padre nunca estaría satisfecho con él. Los Hernández se mudaron de Pacífica a Millbrae, y en la secundaria Keith jugó futbol americano, basquet y beisbol. En la Universidad de Capuchino brilló en estos deportes, pero nunca faltó un detalle para ser amonestado por su padre. Como la ocasión en que dió el campeonato de basquetbol a sus colores con sus encestes, pero lloró cuando su progenitor lo llamó estúpido, por no haber roto el record de canastas en un juego. 
 En la primavera de 1971 el potente bat zurdo de Keith y sus maravillas fildeadoras en la primera base, hicieron que saltara al profesionalismo. Jugando para los Mustangs de Capuchino, su escuela, fue firmado por los Cardenales de San Luis por tres mil dólares. El reporte de uno de los cerebros de la organización de los pájaros rojos, Joe Kennedy decía : “Gran coordinación y es un gran ofensivo”. La ansiada llamada al equipo grande llegó en 1974, cuando jugaba para el Tulsa. Bateaba para .294 en 34 juegos y se ganó el derecho de abrir la temporada ´75 con San Luis.  
UN MUNDO APARTE 
 Keith había crecido con la idea de que hacía las cosas bien, y era felicitado por todos, pero el maestro, su propio padre nunca estaba conforme con lo que su hijo hacía. Ahora tenía frente a sí mismo el ansiado mundo de las Ligas Mayores, al que muchos llegan, pero pocos se mantienen, y pronto comprendió que aquello era un mundo aparte.  
Era considerado como “el nuevo Stan Musial”, un joven zurdo con enormes facultades para llegar alto, pero sufrió dentro y fuera del campo. Fue presa de las inseguridades de un novato ligamayorista, y si eso fue en el campo de juego, al salir del estadio era extremadamente tímido, casi siempre solitario, se sentía incómodo en reuniones y muy desconfiado con las mujeres.  
En su soledad, recordaba las escenas en los bares, viendo a los jugadores veteranos divertirse, mientras él vivía sólo, añorando tener a alguien con quien platicar sus intimidades. “No estaba conforme conmigo mismo. Era un hombre maduro y no le hablaba a la gente, porque tenía miedo y era tímido”, dice Hernández. Muchas veces le habló a su hermano Gary para contarle su problema: su falta de roce con la sociedad, su falta de  diálogo no sólo con las mujeres, sino con toda le gente. “Aquello fue brutal. Era un miserable, me sentía rechazado por todos y aparte, mi padre se comunicaba para decirme que las cosas las estaba haciendo pésimamente!”, declaró en alguna ocasión.  
Keith se consideraba un extraño en una tierra extraña.  

GIBSON Y BROCK Y SU PRIMER AMOR 
 Siempre sintió gran respeto hacia los veteranos en los equipos donde jugó. Pero nunca olvida las imágenes del gran pitcher Bob Gibson y del veloz jardinero izquierdo Lou Brock en los Cardenales.  
Un día escuchaba una conversación entre Gibson y otro pitcher, Hrabosky. Keith con una sonrisa quiso intervenir en la plática, pero rápidamente fue puesto fuera por un encolerizado Gibson, que le gritó en la cara: “Cállate novato, habla cuando te lo pidan!” Más tarde Gibson lo aconsejó durante un encuentro, y cuando Keith se disculpó para ir al baño, recibió una serie de regaños de parte del moreno lanzador. “Es fue una experiencia más, pero yo jamás trataría así a un novato en toda mi carrera”, dijo Hernández. 
 Cuando bajó hasta .250 de promedio de bateo en 1975 fue regresado al equipo de Tulsa, donde alcanzó a batear .330 con la ayuda del manager Ken Boyer, y las llamadas telefónicas de su padre. “Siempre necesité de alguien para que me empujara a salir adelante”, expresó . En 1976 las pesadillas de soledad que lo acompañaron alguna vez, se acabaron temporalmente. Tuvo un gran apoyo moral en su compañero de cuarto Pete Falcone. En ése mismo año encontró novia, Sue Broecker, una aficionada a quien vió detrás de home en algunos juegos y a la que envió un recado escrito con el bat boy. Dos años más tarde se casarían, pero sus problemas no terminarían ahí. 
Muchos de los amigos del joven pelotero esperaban que fuera el próximo Stan Musial, una leyenda de los Cardenales. Y uno de sus fieles creyentes era Lou Brock, su amigo y consejero.  
HACIA LA CIMA  
Las enseñanzas de Brock quedarían grabadas para siempre en su mente. 
“Sé un agente de acción en el juego, no un actor. Cuando vas a batear, hay tres factores: el pitcher, la bola y tú. Haciendo a un lado al pitcher, sólo quedan la pelota y tú. La bola puede más que tú con el bat?”, preguntaba Brock.  

En 1977 bateó con .291 con 91 carreras empujadas, para después caer a .255 en 1978. A inicio del ´79 con un pobre .230 de average, los cronistas lo señalaban como un pelotero que debería estar en la banca. Las llamadas telefónicas de su padre continuaron para llamarle la atención, pero los consejos de su manager Ken Boyer en las Menores le dieron confianza. “No te preocupes por lo que leas o escuches acerca de tí. Eres el primera base de San Luis y te quiero ver jugando todos los días!”, le dijo.  
Eso era lo que Hernández necesitaba oír. Estaba cansado de los regaños de su padre y de las duras críticas de la prensa. Al final de 1979 fue el campeón bateador de la Liga Nacional con .344, ganó un Guante de Oro por su fildeo en la inicial junto a Willie Stargell de los Piratas de Pittsburgh y compartió el galardón del Mas Valioso de la liga. Aquel año fue una inyección de confianza en sí mismo que lo elevó hacia el camino de la fama. Se acabó el personaje tímido e introvertido. Pero al año siguiente vendrían más problemas, al cruzarse por su camino las drogas.  
DIVORCIO Y DESOLACION 
 Hernández tuvo dos excepcionales temporadas consecutivas. En 1980 finalizó con .321 de bateo con 99 impulsadas. Parecía que al fin había encontrado el camino, pero ese año se separó de su esposa y sus problemas fueron mayores. Tiempo después aceptaría que durante tres meses en 1980 utilizó cocaína y sufrió sangrados nasales y sacudidas emocionales. 
“Fue por ignorancia, ya que no sabía mucho sobre cocaína. No eres adicto si lo haces una vez en mucho tiempo. No tendrás la tentación de volverlo a hacer. En estos días pienso en lo que hice y digo: oh demonios, qué estúpido soy, es algo espantoso el quererte dormir y no poder hacerlo!”, dijo en cierta ocasión . En 1982 con su bat condujo a los Cardenales a conseguir la Serie Mundial para otra campaña inolvidable, solo que al año siguiente volvieron los rumores de su adicción a las sustancias prohibidas. Joe MacDonald, el mandamás de los pájaros rojos tomó entonces la decisión de cambiarlo a los Mets de Nueva York a cambio de dos lanzadores. Frank Cashen, ejecutivo de los neoyorquinos interrogó sobre los insistentes rumores sobre el pelotero, y la respuesta la dio el timonel de San Luis, Whitey Herzog. “Necesitamos pitchers, además de que Keith no está corriendo por los roletazos. Yo podría haber negociado a Babe Ruth si él no me estaba rindiendo en el fildeo. Además Keith nunca ha sido flojo en su defensiva!”, declaró. Después de que el trato se hizo, Herzog llamó a Hernández a su oficina para informarle que iba a pasar a los Mets. La noticia desconsoló al pelotero, y estuvo a punto de colgar los spikes. 
 GRACIAS, GARY! 
 
 La primera reacción que tuvo Hernández, fue llamar a su representante y decirle que decía adiós al beisbol. Pero luego recapacitó al ver que si se retiraba, no podía subsistir del dinero que había ahorrado en el banco. Y no le quedó alternativa más que hacer maletas y unirse a los sotaneros Mets . Su hermano Gary lo siguió hasta su nueva casa, y al ver el desgano con el que entrenaba, lo encaró y le habló fuerte. “Hey quien es ése que está bateando globitos atrás del pitcher en la práctica…..? Acaso no eres mejor que muchos de los que están aquí?”, le dijo. Calladamente aceptó el regaño y empezó a jugar con mucho empuje, y terminó su primer temporada con los Mets con un .297 de bateo. Enseguida estampó su firma en un contrato por 8.4 millones de dólares por cinco años. Su hermano le aconsejó que podría rehacer su vida en la Gran Manzana, y que sus habilidades para jugar a la pelota serían mostradas en esa ciudad. “El equipo no está mal. Hay jóvenes que van hacia arriba!”, fueron sus palabras. Y Keith comprendió que él podría ser una pieza vital en el equipo. Tal como su ex compañero Lou Brock le aconsejó, se convirtió en un pelotero todo acción, el clutch que los neoyorquinos requerían. En 1984 conocía a cada pelotero de la Liga Nacional y daba consejos a los pitchers sobre las debilidades del contrario. Cuando los Mets adquirieron a Gary Carter como receptor, la presión de Keith disminuyó, pues había alguien de experiencia tras el plato. Y es que un novato, Mike Fitzgerald era el catcher titular. Hernández bateó .311 ese año con 94 impulsadas, y siempre pensó en aquella plática con su hermano Gary después de su primer entrenamiento con los Mets con su hermano Gary, y fue a él a quien le debió el seguir jugando como hasta la fecha, con coraje y mucha determinación. 
LA CITA EN PITTSBURGH 
El año de 1985 fue de pesadilla para Keith. Estaba convertido en el líder del equipo. Continuaban las discusiones con su padre, y para aumentar más la presión, fue citado junto con otros peloteros para declarar ante un jurado em Pittsburgh, sobre su relación con Curtis Strong, un narcotraficante. 
Hernàndez declaró sobre el uso de la cocaína entre 1980 y 1983, cuando jugó para San Luis. 
Sin embargo, a todos los sorprendió la serenidad con que jugó antes y después del juicio. 
La decisión del comisionado Peter Ueberroth fue tajante: estaba suspendido un año sin jugar, o tendría que donar 10% de su salario base para un programa de prevención de drogas, ademàs de 200 horas de trabajos a beneficio de un programa de rehabilitación de drogadictos recabando fondos. 
John , el padre de Keith estalló cuando supo de las condiciones, y tuvo una agria discusiòn con Gary, su hijo mayor. 
Finalmente el zurdo ganador de ocho Guantes de oro como primera base, aceptó las condiciones que se le dictaron y siguió jugando, mientras que su padre se inclinaba por la suspensión. 
A pesar de estos sucesos, siguió con su acostumbrado ritmo de juego, ya que terminó  la temporada `85 con buen porcentaje de bateo y consiguió su octavo guante dorado en el fildeo en forma consecutiva. 
“No conozco otro jugador que que haga lo que Keith, bajo esta tremenda presión!”, dijo Hubbie Brooks, short stop de los Expos de Montreal. 
 
AMIGO Y GUIA 
 
Los grande detalles que Keith ha tenido con sus compañeros dentro y fuera del terreno de juego lo han convertido en un consejero y amigo. 
“Con los novatos siempre tiene el consejo a tiempo!”, dice Rafael Santana cuando llegó a los Mets en 1984. 
Ron Darling no olvida el día en que Keith le envió una botella de vino, después de un tremendo juego en el que  el pitcher Darling salió del montículo sin decisión. 
“Estoy seguro que te hará olvidar todo, disfútala!”, decía un recado del gran zurdo californiano. 
En 1986 nuevamente Keith fue pieza importante en la obtención del cetro en la Serie Mundial contra los Medias Rojas de Boston.  
En la sexta entrada del séptimo y decisivo juego, abrió las puertas de su equipo con un hit de oro, ya que fue el batazo del rallie ganador. 
Keith sonríe ahora en Nueva York, ciudad donde se reencontró consigo mismo. 
“Es un renacimiento el que he tenido, extraño a mis tres hijas, pero sigo teniendo contacto con ellas.  
La campaña del `85, terrible para mí, poco a poco va quedando en el olvido. 
Pienso jugar hasta los 40 años , y luego irme en un bote a pescar con los amigos, o poner una granja!”, dice. 
Esta es una parte de la vida de Keith Hernández, quien dice sentirse tranquilo solamente en su refugio verde, limitado por dos rayas blancas de cal. Ese es su santuario, donde nadie, excepto John Hernández, su padre puede interferir....el santuario de Keith Hernández, es el diamante de beisbol!. 
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(c) delunasaenz.com


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