| Por Marco A. Núñez*
Imaginen el escenario. Se apagan las luces del estadio, el rugido de la afición aún se escucha en las gradas. En los vestidores, la gran leyenda del juego limpia su vestidor, recoge todas sus herramientas que lo hicieron grande: guante, bates, guanteletas, spikes, medias, muñequeras, etc.
Ese mismo vestidor, el de la leyenda viva del deporte, será utilizado por un novato en la siguiente temporada. Ahora luce vacío. La noticia del retiro de la leyenda ha corrido como pólvora a lo largo y ancho del mundo del beisbol. Esa noticia corrió en Twitter, en Facebook se publican leyendas y artículos del gran jugador, en LinkeIn se hacen estudios de su desempeño, más rápido que lo que una bola viaja del plato al otro lado de la barda, y todos, absolutamente todos los medio de información coinciden en lo mismo: “este pelotero tiene el calibre para el Salón de la Fama”.
El jugador leyenda se lleva todos sus logros y triunfos a su casa para vivir su vida fuera del diamante. Algunos otros, permanecen ligados al juego, pero otros no para poder hacer lo que nunca hicieron por dedicarse a jugar pelota.
Cinco años después de su retiro, el mundo del beisbol le rinde homenaje y lo pone en la mira de todos por ser un firme candidato al Salón de la Fama. De ingresar podría pasar a formar parte de una exclusiva lista de inmortales, de una donde sólo un puñado de cientos entre miles, son recordados eternamente.
El jugador leyenda ansiosamente espera la llamada que le confirme su ingreso al recinto de los inmortales. Unos tienen la paciencia de esperar, mientras otros mueren esperando esa llamada.
¿Por qué? Porque esa simple llamada, esa invitación a ingresar a tan honroso recinto es el mejor premio para un beisbolista y decirle “valió la pena todo el sacrificio”. Jugar desde adolescente, los eternos viajes en camión, estancias en hoteles baratos, jugar en estadios vacíos, pasar inadvertido en los medios nacionales.
Esa simple llamada, premia todo el esfuerzo por años dedicado al beisbol.
En México, el pasado mes de agosto la Cervecería Cuauhtémoc anunció que el Salón de la Fama del Beisbol Mexicano abandonaría sus instalaciones después de 38 años. La razón, simplemente, el recinto de los inmortales ya no entra en su presupuesto.
Aunque duela, la cervecería como empresa, está en su derecho de decidir qué hacer con sus activos y la forma en que los administra, pero sin duda es un duro golpe para el beisbol profesional mexicano.
Culiacán, Sinaloa, ha saltado proponiéndose como sede para reubicar el recinto. Se les agradece. Actualmente Sinaloa es el único estado del país que cuenta con 4 equipos de beisbol profesionales, y es cuna de importantes deportistas como Jorge “Charolito” Orta, Dennys Reyes, Antonio el “Cañón” Osuna, Teodoro Higuera y Mercedes Esquer, además de ocupar uno de los primeros lugares en el número de inmortales entronizados en el Salón de la Fama.
Sin menospreciar a esta ciudad, las condiciones para llevar el Salón de la Fama allá no son las mejores. Lo prioridad debe ser el beisbol y aunque Culiacán es cuna de una gran afición y de extraordinarios beisbolistas, no ofrece las condiciones socio-económicas para albergar una institución beisbolera tan importante.
Por afición y aprecio beisbolero, Culiacán es ideal, pero como negocio, no lo es. El beisbol debe entender que el deporte ahora es mucho negocio, el beisbol necesita promoción y traer dinero a sus arcas para poder crecer, el Salón de la Fama es una muy buena puerta para que entren los patrocinios, la promoción de este deporte debe ser la prioridad.
Si el Salón de la Fama se va a Culiacán, será un edificio más perdido en medio de esa ciudad.
Ingresar al Salón de la Fama es el más grande honor para un jugador que nos hizo amar más este deporte. ¿Por qué es tan complicado devolverle ese amor mandándolo a una ciudad donde nadie lo verá?
*Periodista con más de 20 años de experiencia. Articulista en diferentes medios impresos, consultor en comunicación e imagen pública, maestro de filosofía y, por encima de todo, amante del beisbol. Twitter: Marco_NY23 |